lunes, 26 de enero de 2009

Relato: La mirada

Afuera, una fina lluvia adornaba el austero aspecto de la barriada. Un cristal templado me separaba de ella. Mi reflejo en él me demostraba que la preocupación no estaba sólo en el exterior. Adentro, una habitación escasamente aireada me resguardaba sin que yo le demostrase mi agradecimiento por ello. El suelo estaba cubierto de ropa sucia, revistas amarillentas y restos de lo que tiempo atrás debió ser comestible.


Mi despiste había provocado la situación en la que me hallaba. Abajo, la gente reía y canturreaba ataviados con disfraces que fuera de temporada habrían herido más de una sensibilidad. Pero era Halloween. Brujas, fantasmas y monstruos. Y yo no tenía disfraz. De ahí el encierro voluntario.
Para colmo, la juerga sucedía en el hogar de mis ancestros. No tenía perdón. Un anfitrión ridículo es lo que era. Johnny Peters había intentado convencerme para que saliera afuera, daba igual mi aspecto. Sara Andrews quería usar unas sábanas, un desatascador de váter y un libro viejo para fabricarme un disfraz clásico, pero que rechacé sin pensarlo dos veces. No quería ser el hazmerreír de la fiesta.
Opciones; permanecer escondido, huir por la ventana o requerir la ayuda de un profesional. Por suerte conservaba el teléfono de Rigolini, mi antiguo maestro de interpretación de la Escuela de artes escénicas. Solo acudí a dos clases, y en una de ellas coincidí con ese viejo estrambótico. En la siguiente clase, última por cuestiones que no creo necesario relatar, el profesor era otro, nada que ver con Rigolini. Lo habían expulsado por agredir a un alumno. Concretamente dio un certero golpe con una silla a un muchacho que apenas ponía interés en la clase. Le abrió la cabeza. De inmediato la Escuela abrió expediente al anciano y lo puso de patitas en la calle. Tenía su teléfono en la agenda de bolsillo de la que nunca me separaba. Me lo dio una noche en que me encontré con aquel saco de huesos en extrañas circunstancias. Ambos íbamos ebrios y chillábamos disparates. Tuvo a bien relatarme un buen puñado de experiencias. Lamentablemente las he olvidado todas. Pero el teléfono lo conservaba y me dispuse a llamarlo.


Tardó en responder. Por la cabeza se me pasó que Rigolini hubiese pasado a mejor vida, pero no, ahí estaba con su chillona voz. Le comenté mi caso de pe a pa. Al otro lado del auricular el silencio era espeluznante. Oía un jadeo, un respirar pesado. Si no tenía intención de contestarme, lo mejor era dejarlo ahí. Tras esos instantes de duda, Rigolini habló. Habló largo rato. Yo sólo escuchaba. Finalmente colgó. Todas sus palabras las tenía revoloteando en mi cabeza. Aún no me atrevía a dejar el teléfono, por si el viejo volviese. Lo dejé descolgado.
Me acerqué al espejo incrustado en el armario ropero. Y, como obedeciendo una orden dada hacía poco, me quedé mirando fijamente mis propios ojos. "No necesitas disfraz, todo lo que necesitas está en tus ojos, ellos expresarán lo que quieras ser. Los ojos son el espejo del alma. Un buen actor se expresa con ellos. La alegría, el miedo, el odio, el amor, todo, surge de la profundidad de la mirada. Mira y siente, mira y siente. Y entonces te habrás transformado en lo que quieras. Los que te vean, verán lo que tú quieras ser. La mirada, la mirada..."


Dejé atrás el espejo, y la habitación. Descendí las escaleras. Abajo el barullo era creciente. Miraba, pero sólo veía formas. Quería ser un ser de espanto, una criatura temible, el monstruo más terrorífico que nadie conociera. Cuando mis pies tocaron el último escalón, el vocerío fue sustituido por un murmullo. ahora se escuchaban sillas arrastrándose por el embaldosado suelo. Vasos se rompían estallando en mil fragmentos. Tras los murmullos vinieron los gritos. Aullidos de pavor. Fuertes pisadas causa de las carreras. Caídas. Ventanas atravesadas por robustos cuerpos. Avanzaba por el amplio cuarto que ahora acumulaba mobiliario destrozado. Algunos habían tropezado y caído. Otros vomitaban en las esquinas. Mis manos abrazaron el cuello de una desdichada. El crujido resonó como si un árbol talado cayéndose en el bosque se tratase. Pisé una mano, y el poseedor de la misma gimió. Tanteando agarré su cabeza y mis dedos se clavaron con fuerza en sus globos oculares. Lo estaba haciendo de miedo. Afuera se oían sirenas que tapaban el repiquetear de la lluvia sobre el tejadillo de la puerta. parecía como si toda la humanidad se hubiese dado cita en el porche de mi casa. Habían cientos de formas inquietas, moviéndose de un lado a otro. Dos de ellas, pintadas de negro, se acercaron gritando como poseídos. Alcé las manos para coger sus redondeadas cabezas. Pude distinguir un brillo fuerte. Noté algo frío. Luego olí el suelo húmedo golpeando mi rostro.
Si me hubiese visto el profesor Rigolini estaría orgulloso... Si esa noche hubieran dado un premio al mejor disfraz de Halloween, el mío habría resultado ganador, y sin usar ni una gorra siquiera. Sólo con la mirada. La mirada. Aunque ahora no veía nada.

© Dr. Eric Vornoff

2 comentarios:

Igor Von Slaughterstein dijo...

Muy buen ambiente el del relato. Y en cuanto a las fotos... nadie como el señor Fry para ilustrar una historia sobre "miradas" Jeje.

Saludos!!

Dr. Eric Vornoff dijo...

Gracias por el comentario.
Un saludo.